Cuando la madre de Julia era joven, no existían los móviles, y si su padre le decía que tenía que estar a una hora en casa, estaba a esa hora. Un minuto de más y se le caía el pelo. Julia se pasaba ya más de dos horas. Un mundo. La invadió una oleada de calor que casi la mareó. En ella se mezclaban la rabia con la frustración, la ira con la desesperación. Primero se había dicho que, cuando llegase a casa, la mataría. Después, que la castigaría. Ahora lo único que pedía a Dios era verla aparecer por la calle, o entrando por la puerta. Lo demás ya no importaba. ¿Estaría bien?
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