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Ir al contenidoNo hubo términos medios para la sociedad y la crítica literaria, que en su momento llegaron al extremo con Henrik Ibsen: sus obras, explosivas en ideas de índole social, fueron condenadas o ponderadas sin medida. Casa de muñecas, clásico del teatro universal, lo fue especialmente. Todo porque Ibsen comprendió que su arte ofrecía un espacio muy favorable para soltar la rienda a las tensiones sexistas que comenzaban apenas a vislumbrarse en Europa.
Despreciando toda falsedad y todos los prejuicios instaurados por las conveniencias sociales del siglo XIX, y valiéndose de un realismo implacable, claro y seco, el literato noruego llevó a la escena el drama de la mujer en el hogar, lo cual constituía nada menos que el cuestionamiento más agudo a los transtornos, vicios y abusos dentro de la célula principal de la sociedad: la familia. Se comprenderá que, con la reivindicación de la conciencia individual de una mujer, en Casa de muñecas se invoca la sensata reflexión del espectador, al tiempo que se toca un tipo de susceptibilidad que aún sobrevive entre nosotros.
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